lunes, 22 de febrero de 2010

Ángel Crespo


Ángel Crespo -que fue con Gabino-Alejandro Carriedo y Federico Muelas uno de los tres grandes númenes tutelares de la tradición literaria de «El Toro de Barro»- nació en 1926 en la villa manchega de Alcolea de Calatrava (Ciudad Real). Entre riscos, trillas, cabezales y moruecos le sorprendió la terrible Guerra Civil Española (1936-1939) cuando apenas sí contaba con diez años de edad, regalándole bajo su olor a pólvora la más antigua de sus iluminaciones iniciáticas, encarnada en la figura de un culto profesor que, a salvo en la casa de sus padres de los mortales “paseos” al amanecer, le inyectó en la sangre esa pasión por el aprendizaje de las lenguas y por el mundo esotérico de los dioses antiguos que estaría en la base de lo que en el futuro habría de ser su monumental obra poética.
Ya en Madrid desde 1942, su voz comienza a emerger del realtivo anonimato cuando, de la mano de Carlos Edmundo de Ory, decide vincularse a lo que quedaba de aquel «movimiento postista» que, nacido y muerto en 1945, no se le ocurrió otra cosa que reivindicar permanentemente la alegría e intentar rehabilitar los principios de las vanguardias surrealistas en una España para la que, sometida al luto permanente de posguerra, "lo primero era el dolor" y la búsqueda de un arte capaz de reflejar ese dolor y de proponer un marco moral reconocible que diera sentido a la propia vida, ya fuera elevando de sus ruinas los valores de la catolicidad y del viejo imperio -es el caso de los poetas del «garcilasismo»- o -como lo hiciera la escuela «tremendista»- proponiendo otros que legitimaran la búsqueda de un cambio social hacia un mundo más justo. La militancia postista -que antecedió, aunque por poco tiempo, a su integración en el Partido Comunista- resultaría capital para Ángel Crespo, no tanto por sus aportaciones literarias -fueron más abundantes las que ofreció como crítico de árte- sino por haber enraizado en él la voluntad estética de hacer del lenguaje la principal fuente de emoción poética, la conciencia de la autonomía del arte respecto de las circunstancias en las que se conforma, y la certeza ética de que que no se podía articular un mundo nuevo con el lenguaje antiguo del mundo que se quería precisamente transformar.
Con estas concepciones firmemente arraigadas, Ángel Crespo se lanzó en los años cincuenta a la poesía realista propia de una época que exigía a sus intelectuales compromisos políticos claros y visibles contra el Régimen de Franco. Con la complicidad de Gabino-Alenadro Carriedo y Federico Muelas, Ángel Crespo encabezó el «pajarerismo» (1950-1956), un grupo organizado en torno a las revistas Deucalión y El pájaro de paja que aglutinó en su discurso disidente a los últimos mohicanos de la vanguardia con los partidarios de un realismo nuevo -el «realismo mágico»- ajeno a los excesos expresionistas del tremendismo y orientado a la evocación poética de esos espacios menos evidentes de la realidad capaces no obstante de representar por sí mismos, y sin tantas estridencias, el gran drama de la existencia humana. Preparada por el poeta Toni Montesinos y con el título de Oculta transparencia, «El Toro de Barro» editó en el año 2000 una breve antología -de la que hemos recogido aquí algunos esquejes- de la poesía escrita por Ángel Crespo en aquellos años cincuenta, una poesía que, instalada en la memoria de la niñez perdida, proclama una fusión telúrica con la naturaleza no exenta de pasiones epicúreas y cuyo declarado panteismo soportará -tal y como apuntó María Teresa Bertelonni- una constante reflexión existencial de gran sensibilidad simbólica sobre el carácter efímero del transcurrir del hombre y del peso de las circunstancias adversas que lo atenazan.
Sin embargo, y a pesar de que, en los tiempos de la revista Poesía de España (1960-1963) -que él fundó y codirigió con Gabino-Alejandro Carriedo- su poesía acentuó su perfill político, la persistencia de esa voluntad de estilo tan particular -que se mostró evidente con su No sé cómo decirlo (1965) y con su reivindicación póstuma del maestro postita Eduardo Chicharro, del que editó en 1965 junto a Pilar Gómez Bedate una antología poética en «El Toro de Barro»- terminó por fracturar los hilos de comunicación con la intelectualidad comunista y los grandes líderes -pensamos en Celaya- de la poesía social, que veían en la estética de Crespo un gesto burgués y antirevolucionario. La presión, en este sentido, de sus correligionarios de partido, y la certeza de su apresamiento inminente por las fuerzas del Régimen, le forzaron a exiliarse en 1967, para no volver a España hasta veinte años después.
Su aventura cosmopolita, que comenzó en Italia y concluyó en Puerto Rico tras su paso por Suecia y los Estados Unidos de América, dejó profunda huella en su avatar poético. Lejos de la presión política de España, y con la decisiva intervención de su gran amigo y cómplice ideológico el poeta brasileiro João Cabral de Melo Neto, promovió a través de la Revista de poesía brasileña la vanguardia «concretista» y el desarrollo de un lenguaje nuevo y radicalmente distinto al empleado por los creadores del sistema que se pretendía cambiar. El desafío de Ángel Crespo a las formulaciones tremendistas características del realismo político español de aquellos años no se quedó allí, sino que adoptó -de un modo creciente, a partir sobre todo de su Docena florentina (1965)- una vocación culturalista que venía a legitimar las aspiraciones de un tiempo concreto con los valores éticos inherentes a la antigüedad. Esta suerte de realismo -que estuvo en la base del «realismo mitológico» que llevo adelante en solitario su amigo Carlos de la Rica- dejó progresivamente paso a una nueva orientación, que le conduciría a una poesía de naturaleza esotérica con la que, a través de un complejo mallazo de referentes simbólicos y míticos, intentaría convertir el arte de la escritura en un instrumento de conocimiento espiritual y metafísico de su «yo» interior y de su «yo» en el mundo, en la línea marcada originariamente por Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez y que discurriría paralela a la seguida por otros poetas de su generación como Juan-Eduardo Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta, Claudio Rodríguez o José Ángel Valente.
Esta nueva concepción de la palabra poética como una «aventura del conocimiento» se fortaleció profundamente con su acercamiento -como traductor- a la obra de Dante y de Petrarca, induciéndole a partir de los años setenta a la práctica de la poesía como una tarea alquímica orientada a la metamorfosis individual con la sola herramienta de las iluminaciones del espíritu. De algún modo, el exilio le condujo a un camino que ya no abandonaría nunca, y que, en gran medida, era un renovado camino de retorno a aquellos viejos sótanos de su casa natal donde un viejo profesor perseguido le abriera las llaves del misterio y de los mitos, para iniciar, con ellos en la mano, un intensísimo y liberador viaje hacia las habitaciones más oscuras del espíritu humano, cuya conocimiento se convirtió en el principal objetivo de la obra poética que dejaron los últimos treinta y cinco años de su vida entre los hombres. Las sentencias y aforismos de Con el tiempo, contra el tiempo y de La invisible luz, editadas por primera vez en El Toro de Baro en 1978 y 1982, son palmariamente significativos de los planteamientos estéticos de la delicadísima "aventura de conocimiento" de ese Ángel Crespo que alcanzaría su definitiva madruez en la consumación de los últimos poemas de su vida, cuyo dramático final aconteció en las navidades de 1995. Bajo la nieve... (1)



(1) La amplia antología poética que hemos recogido aquí -tan inválida como cualquier otra- no viene a ser otra cosa que un pálido reflejo de la obra gigantesca de un poeta heterodoxo al que «El toro de barro» quiere recordar con este mínimo homenaje. En la red existen multiples estudios sobre su vida y sobre sus haberes literarios que no conviene olvidar. Vikipedia dedica al poeta un afortunado testimonio bio-bibliográfico, en el que el lector podrá hallar sobre su obra una información mucho más detallada que la que ofrecemos aquí. En la revista Ínsula, la que fue esposa y colabora del poeta, Pilar Gómez Bedate, da cuenta con un estudio contextualizador de la evolución poética de Ángel Crespo; más atenida a un análisis extrictamente literario, María Payeras Grau realiza en Secrel un recorrido por el universo simbólico del autor que busca -con éxito- trazar los grandes saltos del mundo poético del mejor traductor de Dante a todas las lenguas de todos los tiempos y uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX.



(En caracteres más oscuros y del color de la tierra mojada, el lector podrá encontrar una biografía del poeta Ángel Crespo, adentrarse en su mundo poético a través de una
amplia selección antológica o adquirir noticia de los libros del autor editados por El Toro de Barro y, de un modo especial, de su Oculta transparencia.