jueves 22 de octubre de 2009

José Ángel García



Más allá de su capacidad para transmitir y multiplicar la emoción humana, el lenguaje es también, y por sí mismo, una fuente independiente de emociones. Esta apuesta por la «autonomía» del lenguaje en la creación literaria, tan cara a los poetas españoles de la misma «generación de los setenta» a la que pertenece nuestro autor, constituye el epicentro originario de la obra poética del «enconquensado» José Ángel García (Madrid, 1948). Semejante actitud le ha permitido afrontar la creación literaria con un sentido lúdico y con una arriesgada vocación de ruptura más que evidentes, que cuelgan su trayectoria del espíritu de la vanguardia. Con Llámalo viaje, y de la mano del poeta Francisco Mora, el Toro de Barro ha pretendido recapitular sobre una aventura –la suya– que el mismo Toro ayudó a iniciar cuando, allá por 1977, sacó adelante su primer libro de poemas con las controvertidas Cuatro cosas de mi gato y otras más, y cuando, corriendo el año 2002, arrimó su pergamino para anotar en él El día que todas las mujeres del mundo me desearon. Una aventura, en fin, que nos acaba de entregar, en este mismo 2009 que comienza, su Digo yo que dices tú (2009), después de dejarnos títulos tan singulares como Cómico en faena en lona de palabras, Borrador de Tránsitos, Ritmos de luz y sombras, Poemas para un jardín, Sólo pájaros en vuelo y, finalmente, Itinerarios. Su poesía ha merecido prestigiosos premios y ha sido antologada por Alfredo Villaverde –Cien poetas de Castilla La Mancha– y por Miguel Casado –Mar interior–. El poeta, así mismo, ha cultivado la narrativa y el periodismo de información y el cultural, ocupando actualmente la dirección de las páginas culturales de todas las cabeceras del Grupo periodístico El Día y un sillón en la Real Academia Conquense de las Artes y las Letras.
Ya sólo queda levantar la copa.
Y dejarla en el aire.





Biografía de José Ángel García......Poemas de José Ángel García
Estudios sobre la obra de José Ángel García
Libros de José Ángel García publicados por El Toro de Barro.

miércoles 17 de octubre de 2007

Clara Janés


Aunque Clara Janés (Barcelona, 1940) es, sobre todas las cosas, poeta, su creación artística y su indagación intelectual se han repartido en numerosos géneros y modos de la escritura, e incluso fuera de ella. Conocedora de diversas tradiciones literarias centroeuropeas y orientales, conectada por educación y vocación a las artes plásticas y musicales (que ha incorporado en pie de igualdad a varios de sus libros poéticos), su actividad estrictamente lírica, iniciada en 1964 con Las estrellas vencidas, ha ido acompañada por otras dedicaciones parejas: el teatro (libretos de ópera, piezas de marionetas), la biografía (con su acercamiento al músico Federico Mompou), la crítica literaria (aproximación al universo simbólico de Juan Eduardo Cirlot), el memorialismo (con títulos como Jardín y laberinto, de 1990, y La voz de Ofelia, de 2005) y la edición filológica, ello sin contar con su asidua y sostenida labor de traductora (Vladimir Holan, Jaroslav Seifert, Ramos Rosa...).
Bien mirado, las anteriores no son tanto facetas complementarias que deben sumarse para percibir en su conjunto el universo de la autora, cuanto maneras de desarrollo expansivo de un núcleo sensible que circunstancialmente escoge uno u otro cauces de género. Distribuir la producción de Clara Janés en compartimentos tipológicos cerrados presenta un problema debido al carácter absolutamente unitario de su almendra espiritual, que se impone sobre las ocasionales especificidades, toda vez que, en la autora, la biografía está constituida por sus lecturas y sus escrituras, la aventura interna rige sus avatares externos y termina confundida con ellos, y la experiencia y la reflexión no tienen barrera separadora. Ello es fruto, tanto como de su peculiar sensibilidad, de una sincronicidad sintetizadora e intuitiva afinada en la frecuentación del pensamiento oriental, extraño a la tendencia fragmentadora y analítica de la cultura occidental.
Ya en sus primeros títulos, pero sobre todo a partir de En busca de Cordelia y poemas rumanos (1975), quedan fijados los rasgos formales de su lírica, presididos por la sutileza, el parpapedo expresivo y la desnudez ornamental penetrada por la música. Se ponen éstos al servicio de unos temas reluctantes al casticismo y alentados por un espiritualismo en el que se forja su imaginario personal, plasmado mediante el aforismo de resonancias presocráticas, la levedad —también aforística— del haikú, el vuelo visionario del misticismo, el entramado simbológico.
Muchos de sus libros vertebran una postura ginocéntrica, que replantea la función de la mujer en una cultura que la ha postergado, así como los mitos de la madre telúrica. La andadura existencial del sujeto va estableciendo hitos sucesivos en títulos como Libro de alienaciones (1980), Eros (1981), Vivir (1983), Kampa (1986), Lapidario (1988), etc. En su mostración de lo femenino, cobra gran importancia la manifestación liberadora del deseo erótico, tal como se aprecia en Creciente fértil (1989), donde la sexualidad respira en las figuras medioorientales en que se funda la cultura (más bien que máscaras, actualizaciones culturales del yo). Adentrada en la madurez, Los secretos del bosque (2002) despliega el tercer tramo biográfico que, en la cultura hindú, supone el desprendimiento purgativo que sirve de preparación para afrontar el cuarto y último tranco de la vida. Las asechanzas de los goces sensoriales y del amor, tal como aparecían en Eros o en Oriente fértil, la asaltan aún en ese camino de adentramiento hacia la espesura boscosa, en cuya conformación simbólica convergen tradiciones místicas diversas, y al cabo de la cual se abre un vacío anchuroso y apacible. Paralajes (2002) se inicia con una invocación a la infancia, ese momento «donde no existen todavía ausencia ni recuerdo», en que el mundo brota ante los ojos, reducido a unas briznas de su realidad. En otros poemas del mismo libro, la mirada contemplativa se deslíe en una cosmofanía de manzanas, saltamontes, desiertos, campanillas de luz, con un lenguaje mondo, unas formas tenues y una estética aliviada de bulto humano. La senda de retracción y de acendramiento la conduce a los umbrales del «punto cero» en que se sitúa Fractales (2005): una tierra de nadie, de nada, de la que se han eliminado elementos adventicios, esquinas argumentales y grumos de la retórica, desprovistas casi las palabras de su capacidad de representar.
Ángel L. Prieto de Paula

martes 25 de septiembre de 2007

Rosa Alice Branco



Rosa Alice Branco ha estudiado Filosofía del Conocimiento en la Universidad Nueva de Lisboa y enseña Psicología de la Percepción en la Escuela Superior de Artes y Diseño. Ha participado en el Grupo de Estudios de Semiótica y Poética de Oporto, colaborando en la revista Figuras. Actualmente co-dirige la revista Limiar en Oporto, junto con Fernando Guimaraes y Laureano Silveira.
Tiene publicados los siguientes libros de poesía: A Mulher Amada (1982), Animais da terra (1988); Monadologia breve (1991); A mão feliz. Poemas D(e)ícticos (1994), O único traço do pincel (1997) Caligrafía (El Toro de Barro, 2001), y Da Alma e dos Espíritos Animais
(2001). También es autora de los ensayos O que falta ao Mundo para ser Quadro (1993) y A Percepçao Visual em Berkeley (Fundaçao Eng. António de Almeida, 1998).




Junto a la biografía de Rosa Alice Branco, el lector puede detenerse en los poemas de su
Caligrafía, editados en el año 2001 por El Toro de Barro en su colección Cuadernos del Mediterráneo.






lunes 24 de septiembre de 2007

Egito Gonçalves




El poeta portugués Egito Gonçalves nació en Matosinhos en 1920 y murió en Oporto a finales del 2000, ciudad en la que vivía desde 1948. Cuenta en su haber con más de veinte libros de poesía, compaginando su faceta poética con la de traductor. Su obra poética fue incluida en numerosas antologías y traducida y editada en Francia, Estados Unidos, Polonia, Turquía, Suecia, Canadá, España, Bulgaria, Finlandia... Miembro directivo de varios organismos culturales, como la Asociación Portuguesa de Escritores, la Sociedad Portuguesa de Autores, el PEN Clube Portugués o la Hispanic Society of América, recibió del Estado portugués por sus méritos literarios la membresía de la Orden del Infante D. Enrique.
Sus primeros libros de poesía nos hablan de un realismo circunstancial, con toques de melancolía y ternura. A partir de 1952 se despliega con fuerza su universo metafórico, sobre todo en el tema erótico/amoroso. El amor es visto desde un planteamiento de lucha, bien como amor-refugio, bien como amor-asedio. Su poesía se orientó desde entonces, como observó el crítico Óscar Lopes, hacia "las relaciones existentes entre el amor y una necesaria sociabilidad más profunda", a la que unió una imaginación combativa y muchas veces sarcástiscas y una delicada sensibilidad.
Publicó los siguientes libros:Poemas para os companheiros da ilha (1950); Um homem na neblina (1950); A evasão possível (1952); O vagabundo decepado (1957); A viagem com o teu rosto (1958); Memória de Setembro (1960); Diário obsessivo (1962); Os arquivos do silêncio (1963); O fósforo na palha (1970); O amor desagua em delta (1971); Destruição: dos pontos (1973); Luz vegetal (1975); Os limites da sombra (1976); As zonas quentes do inverno (1977); A nordeste de Junho (1977); Poemas políticos, 1952-1979 (1980); Os pássaros mudam no Outono (1981); Falo da vertigem (1983); Notícias do bloqueio (1983); Dedikatória (1989); O pêndulo afectivo (1991); E no entanto move-se (1995); Lettera amorosa (1996); Correspondência (1998); O mapa do tesouro (1998), y A ferida amável (2000), poemario este último al que pertenecen los poemas de
La cicatriz que, traducidos por Mercedes Escolano, fueron editados a modo de póstumo homenaje por el Toro de Barro a comienzos del 2001, para ser incluidos en la antología internacional de poesía que, bajo el título de Treze, la misma editorial sacó adelante el año 2003 en la colección Cuadernos del Mediterráneo.









(Siguiendo los vínculos que aparecen escritos en letras más oscuras, del color de la tierra,
el lector puede detenerse en su biografía o adentrarse en los poemas de amor que hicieron posible su Cicatriz)


jueves 13 de septiembre de 2007

Ángel Crespo


Ángel Crespo -que fue con Gabino-Alejandro Carriedo y Federico Muelas uno de los tres grandes númenes tutelares de la tradición literaria de «El Toro de Barro»- nació en 1926 en la villa manchega de Alcolea de Calatrava (Ciudad Real). Entre riscos, trillas, cabezales y moruecos le sorprendió la terrible Guerra Civil Española (1936-1939) cuando apenas sí contaba con diez años de edad, regalándole bajo su olor a pólvora la más antigua de sus iluminaciones iniciáticas, encarnada en la figura de un culto profesor que, a salvo en la casa de sus padres de los mortales “paseos” al amanecer, le inyectó en la sangre esa pasión por el aprendizaje de las lenguas y por el mundo esotérico de los dioses antiguos que estaría en la base de lo que en el futuro habría de ser su monumental obra poética.
Ya en Madrid desde 1942, su voz comienza a emerger del realtivo anonimato cuando, de la mano de Carlos Edmundo de Ory, decide vincularse a lo que quedaba de aquel «movimiento postista» que, nacido y muerto en 1945, no se le ocurrió otra cosa que reivindicar permanentemente la alegría e intentar rehabilitar los principios de las vanguardias surrealistas en una España para la que, sometida al luto permanente de posguerra, "lo primero era el dolor" y la búsqueda de un arte capaz de reflejar ese dolor y de proponer un marco moral reconocible que diera sentido a la propia vida, ya fuera elevando de sus ruinas los valores de la catolicidad y del viejo imperio -es el caso de los poetas del «garcilasismo»- o -como lo hiciera la escuela «tremendista»- proponiendo otros que legitimaran la búsqueda de un cambio social hacia un mundo más justo. La militancia postista -que antecedió, aunque por poco tiempo, a su integración en el Partido Comunista- resultaría capital para Ángel Crespo, no tanto por sus aportaciones literarias -fueron más abundantes las que ofreció como crítico de árte- sino por haber enraizado en él la voluntad estética de hacer del lenguaje la principal fuente de emoción poética, la conciencia de la autonomía del arte respecto de las circunstancias en las que se conforma, y la certeza ética de que que no se podía articular un mundo nuevo con el lenguaje antiguo del mundo que se quería precisamente transformar.
Con estas concepciones firmemente arraigadas, Ángel Crespo se lanzó en los años cincuenta a la poesía realista propia de una época que exigía a sus intelectuales compromisos políticos claros y visibles contra el Régimen de Franco. Con la complicidad de Gabino-Alenadro Carriedo y Federico Muelas, Ángel Crespo encabezó el «pajarerismo» (1950-1956), un grupo organizado en torno a las revistas Deucalión y El pájaro de paja que aglutinó en su discurso disidente a los últimos mohicanos de la vanguardia con los partidarios de un realismo nuevo -el «realismo mágico»- ajeno a los excesos expresionistas del tremendismo y orientado a la evocación poética de esos espacios menos evidentes de la realidad capaces no obstante de representar por sí mismos, y sin tantas estridencias, el gran drama de la existencia humana. Preparada por el poeta Toni Montesinos y con el título de Oculta transparencia, «El Toro de Barro» editó en el año 2000 una breve antología -de la que hemos recogido aquí algunos esquejes- de la poesía escrita por Ángel Crespo en aquellos años cincuenta, una poesía que, instalada en la memoria de la niñez perdida, proclama una fusión telúrica con la naturaleza no exenta de pasiones epicúreas y cuyo declarado panteismo soportará -tal y como apuntó María Teresa Bertelonni- una constante reflexión existencial de gran sensibilidad simbólica sobre el carácter efímero del transcurrir del hombre y del peso de las circunstancias adversas que lo atenazan.
Sin embargo, y a pesar de que, en los tiempos de la revista Poesía de España (1960-1963) -que él fundó y codirigió con Gabino-Alejandro Carriedo- su poesía acentuó su perfill político, la persistencia de esa voluntad de estilo tan particular -que se mostró evidente con su No sé cómo decirlo (1965) y con su reivindicación póstuma del maestro postita Eduardo Chicharro, del que editó en 1965 junto a Pilar Gómez Bedate una antología poética en «El Toro de Barro»- terminó por fracturar los hilos de comunicación con la intelectualidad comunista y los grandes líderes -pensamos en Celaya- de la poesía social, que veían en la estética de Crespo un gesto burgués y antirevolucionario. La presión, en este sentido, de sus correligionarios de partido, y la certeza de su apresamiento inminente por las fuerzas del Régimen, le forzaron a exiliarse en 1967, para no volver a España hasta veinte años después.
Su aventura cosmopolita, que comenzó en Italia y concluyó en Puerto Rico tras su paso por Suecia y los Estados Unidos de América, dejó profunda huella en su avatar poético. Lejos de la presión política de España, y con la decisiva intervención de su gran amigo y cómplice ideológico el poeta brasileiro João Cabral de Melo Neto, promovió a través de la Revista de poesía brasileña la vanguardia «concretista» y el desarrollo de un lenguaje nuevo y radicalmente distinto al empleado por los creadores del sistema que se pretendía cambiar. El desafío de Ángel Crespo a las formulaciones tremendistas características del realismo político español de aquellos años no se quedó allí, sino que adoptó -de un modo creciente, a partir sobre todo de su Docena florentina (1965)- una vocación culturalista que venía a legitimar las aspiraciones de un tiempo concreto con los valores éticos inherentes a la antigüedad. Esta suerte de realismo -que estuvo en la base del «realismo mitológico» que llevo adelante en solitario su amigo Carlos de la Rica- dejó progresivamente paso a una nueva orientación, que le conduciría a una poesía de naturaleza esotérica con la que, a través de un complejo mallazo de referentes simbólicos y míticos, intentaría convertir el arte de la escritura en un instrumento de conocimiento espiritual y metafísico de su «yo» interior y de su «yo» en el mundo, en la línea marcada originariamente por Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez y que discurriría paralela a la seguida por otros poetas de su generación como Juan-Eduardo Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Miguel Labordeta, Claudio Rodríguez o José Ángel Valente.
Esta nueva concepción de la palabra poética como una «aventura del conocimiento» se fortaleció profundamente con su acercamiento -como traductor- a la obra de Dante y de Petrarca, induciéndole a partir de los años setenta a la práctica de la poesía como una tarea alquímica orientada a la metamorfosis individual con la sola herramienta de las iluminaciones del espíritu. De algún modo, el exilio le condujo a un camino que ya no abandonaría nunca, y que, en gran medida, era un renovado camino de retorno a aquellos viejos sótanos de su casa natal donde un viejo profesor perseguido le abriera las llaves del misterio y de los mitos, para iniciar, con ellos en la mano, un intensísimo y liberador viaje hacia las habitaciones más oscuras del espíritu humano, cuya conocimiento se convirtió en el principal objetivo de la obra poética que dejaron los últimos treinta y cinco años de su vida entre los hombres. Las sentencias y aforismos de Con el tiempo, contra el tiempo y de La invisible luz, editadas por primera vez en El Toro de Baro en 1978 y 1982, son palmariamente significativos de los planteamientos estéticos de la delicadísima "aventura de conocimiento" de ese Ángel Crespo que alcanzaría su definitiva madruez en la consumación de los últimos poemas de su vida, cuyo dramático final aconteció en las navidades de 1995. Bajo la nieve... (1)



(1) La amplia antología poética que hemos recogido aquí -tan inválida como cualquier otra- no viene a ser otra cosa que un pálido reflejo de la obra gigantesca de un poeta heterodoxo al que «El toro de barro» quiere recordar con este mínimo homenaje. En la red existen multiples estudios sobre su vida y sobre sus haberes literarios que no conviene olvidar. Vikipedia dedica al poeta un afortunado testimonio bio-bibliográfico, en el que el lector podrá hallar sobre su obra una información mucho más detallada que la que ofrecemos aquí. En la revista Ínsula, la que fue esposa y colabora del poeta, Pilar Gómez Bedate, da cuenta con un estudio contextualizador de la evolución poética de Ángel Crespo; más atenida a un análisis extrictamente literario, María Payeras Grau realiza en Secrel un recorrido por el universo simbólico del autor que busca -con éxito- trazar los grandes saltos del mundo poético del mejor traductor de Dante a todas las lenguas de todos los tiempos y uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX.



(En caracteres más oscuros y del color de la tierra mojada, el lector podrá encontrar una biografía del poeta Ángel Crespo, adentrarse en su mundo poético a través de una
amplia selección antológica o adquirir noticia de los libros del autor editados por El Toro de Barro y, de un modo especial, de su Oculta transparencia.








miércoles 22 de agosto de 2007

Carlos de la Rica


En modo alguno es fácil encardinar la biografía de Carlos de la Rica (1929-1997), un poeta que se involucró con extremada pasión en muchas aventuras que, en principio, poco o nada tenían que ver entre sí, salvo el haber encontrado su común fuerza originaria en su vocación sacerdotal. Como sacerdote que fue hasta su misma muerte, compaginó sus tareas al frente de Carboneras del Guadazaón con un sólido activismo intelectual orientado a fortalecer las relaciones entre las tres grandes religiones del monoteismo. Hijo del II Concilio Vaticano, gastó muchos cartuchos de su vida en la lucha contra la dictadura franquista, procurando la aceptación por los partidos de izquierda con los que él simpatizaba de la solución monárquica al problema español y el establecimiento de sólidas relaciones con el recién creado Estado de Israel.
Comenzó su carrera literaria cuando no era más que un seminarista rubio que se postulaba para el sacerdocio en el Seminario conquense de San Julián. Sus comprometedores vínculos inciales con las vanguardias del postismo -movimiento poético sobre el que el lector puede encontrar aquí interesantes y muy sólidas reflexiones- estuvieron a punto de costarle su carrera sacerdotal, enfrentándole con la jerarquía católica y con las grandes voces de la poesía eclesiástica. Posteriormente, sus ilusionadas tareas en favor del nuevo realismo no tremendista forjado en torno a las revistas Deucalión y El Pájaro de Paja, y que la historiografía ha dado en catalogar como «realismo mágico», le supuso la difinitiva ruptura con la poesía sacerdotal y la desconfiada aceptación de su persona entre los poetas entonces dedicados a hacer de la poesía un gesto político de lucha antifascista. Una simple lectura de los poemas de Ciudadela -escrita en esa década, pero publicada por miedo muchos años después, en 1995- y La Casa (1960), son elcuentes testigos de aquellas tempranas aventuras, y el cimiento primordial sin el que ya nunca podría entenderse la solided de su particularísima obra literaria.
Ya entrados los años sesenta, su obstinado empeño en utilizar los grandes mitos del clasicismo griego y los guiños de la vanguardia en su poesía política -el «realismo mitológico»- fracturó casi definitivamente sus relaciones con los poetas sociales de la época sin que, como consecuenca de su vocación humanista, le fueran abiertas las de las nuevas generaciones que, desde finales de los años sesenta, hicieron del culturalismo la seña dominante de una nueva identidad generacional. Este sesgo comprometido, que tuvo en Edipo el rey (1965) y Poemas junto a un pueblo (1977) sus mejores realizaciones, le condujo así -de nuevo- a la exclusión en los años setenta por parte de quines nunca vieron en él el mejor y más antiguo de sus precursores.
En sus últimos años, Carlos de la Rica inició un incesante «camino de retorno» hacia sus orígenes vanguardistas con sus Poemas de amar y pasar (1982) y su Oficio de alquimista (1995), que se completó con ese gigantesco homenaje a la cultura clásica grecolatina y judeocristiana que fueron sus Juegos del Mediterráneo, publicado algunos años después de su muerte. Semejante reencuentro dejó a su paso algunos hermosos esquejes neopostistas, como la aparición del grupo poético de «La Camama» protagonizado por José del Saz Orozo, Manuel San Martín, Carlos Asorey y Luis Lloret, que tuvo en la ya legendaria aventura editorial de Carlos de la Rica, «El Toro de Barro», el más compromotido de sus epicentros en una década que, como la de los ochenta, era escasamente proclive para este tipo de aventuras.
Es, precisamente, «El Toro de Barro» una de sus mas duraderas creaciones. El sello, nacido en 1965, es hoy el segundo más antiguo de España, y uno de los diez más antiguos del mundo dedicado a la poesía. Desde sus comienzos, el poeta y sacerdote Carlos de la Rica imprimió a su sueño editorial un impulso renovador que le llevó a poner en valor a los maestros de las vanguardias postistas como Ángel Crespo, Gabino Alejando Carriedo, Eduardo Chicharro y Carlos Edmundo de Ory y a impulsar el espíritu de las vanguardias entre las generaciones más jévenes de la poesía española. Ese vínculo temprano y emocional imprimió carácter al mítico sello conquense, que supo hacer frente a los aires avasalladores de distintas generaciones literarias manteniendo intacta las tradiciones vanguardistas y el peso de una poesía capaz de mantenerse indemne de las circunstancias del tiempo. Como suele ocurrir con todos los heterodoxos, Carlos de la Rica yace olvidado en una tumba clásica en el pueblecito conquense de Carboneras del Guadazaón, como la principal prueba de cargo de que también los dioses se olvidan de sus héroes....

lunes 20 de agosto de 2007

Amador Palacios


Nacido en la ciudad manchega de Albacete (1954), Amador Palacios es licenciado en Filología Española y uno de los más activos investigadores de la poesía española de posguerra -con especial mención de las vanguardias del movimiento postista- y de la poesía portuguesa contemporánea. Sus colaboraciones como crítico literario ha llegado a los medios especializados y a los diarios de mayor difusión de España, Portugal, Centroeuropa y América Latina, fundando y dirigiendo algunas memorables publicaciones como la irrevervente y vitriólica La Mujer Barbuda, de tan grato recuerdo. Asimismo, tiene en su poder algunos galardones y distinciones literarias ("Biografías Palentinas", "Barcarola", finalista del "Rafael Morales", finalista del "Adonais", "Veintenario" -Radio 3, RNE-, etc.).
Entre su ya amplia obra poética debemos destacar Rito amoroso (1972); Notas cotidianas (1978), Ejercicios de versificación (El Toro de Barro, 1978), Billete heterónimo (1985), La cúspide y la sima (1987), Enemigo admirable (1994), Exarconte de un coro (1995), Suite en la Casa de Campo (1998), Tragedias solo subjetivas (1998), Pajarito bañándose en un charco. Antología (El Toro de Barro, 2001), Estancias (El Toro de Barro, 2005), Canta y no llores (El sombrero de Ala Ancha, 2006) y Licencias de pasaje (2007). Tampoco conviene olvidar sus estudios en torno al postismo y a Gabino-Alejandro Carriedo, ni sus excelentes traducciones de poetas portugueses como Lêdo Ivo, Casimiro de Brito, Camilo Pesanha y Cesáreo Verde.